El emblemático inmueble de San Francisco abrirá sus puertas el próximo miércoles tras acumular más de treinta años cerrado, bloqueado y víctima de la ineficacia política
El próximo miércoles, coincidiendo con el inicio de las fiestas de San Francisco, la histórica Casa de los Sall acogerá un acto inaugural con el pregón de Jesús Ruiz Mesa. Sin embargo, más allá de la celebración festiva, la apertura de este inmueble pone de manifiesto una cruda realidad: el final de un tortuoso calvario administrativo que se ha prolongado durante más de tres décadas de promesas vacías, despilfarro de fondos públicos y dejadez institucional.
La historia reciente de la Casa de los Sall es la crónica de un despropósito político. A pesar de que su uso fue cedido al Ayuntamiento de Telde en la década de los noventa —en el marco de los acuerdos alcanzados con el Cabildo de Gran Canaria— y de haber sido sometida a distintas y costosas fases de rehabilitación a lo largo de los años, el edificio jamás llegó a abrir sus puertas de manera efectiva a la ciudadanía.
Gobierno tras gobierno, el inmueble se convirtió en un elefante blanco patrimonial: una hermosa infraestructura rehabilitada pero tapiada a la realidad cultural del municipio, condenada al ostracismo mientras los expedientes se acumulaban en los cajones y las inversiones caían en saco roto por la incapacidad de gestión.
El actual Gobierno municipal ha tenido que lidiar en este mandato con la herencia de décadas de apatía, viéndose obligado a asumir intervenciones básicas que nunca debieron quedar pendientes a estas alturas. Resolver el suministro eléctrico, acometer obras de adecuación urgentes y solucionar las deficiencias acumuladas por el abandono han sido los escollos que el consistorio ha tenido que sortear a contrarreloj para poder, por fin, descerrajar las puertas del edificio.
Con esta apertura, Telde recupera nominalmente un espacio largamente reivindicado por sus vecinos y colectivos culturales. No obstante, la ciudadanía teldense hereda también la memoria de un proceso kafkiano donde el patrimonio histórico ha permanecido secuestrado por la incompetencia política, evidenciando que la verdadera cultura y la protección del legado municipal solo avanzan cuando se destierran la inercia y la desidia institucional.







