La egolatría se convierte en un problema político cuando el reconocimiento al gobernante ocupa más espacio que la explicación de su gestión. Un alcalde puede sentirse orgulloso de una jornada institucional. Lo que no debería hacer es presentar ese orgullo como si fuera, por sí mismo, un beneficio para sus vecinos
El alcalde de Telde, Juan Antonio Peña, ha dedicado un extenso artículo de opinión a explicar lo que sintió cuando el Gobierno de Canarias se reunió en la Casa Condal. Hay agradecimientos, orgullo, recuerdos y una escena privada convertida después en relato público. Lo que apenas encuentra espacio entre tanta emoción es lo que debería ocupar el centro de cualquier balance político: qué consiguió concretamente la ciudad.
Que el Ejecutivo autonómico celebre una reunión en Telde merece una valoración positiva. La colaboración entre administraciones es necesaria y los gestos institucionales tienen su importancia. Pero presentar esa jornada como una demostración extraordinaria del éxito del alcalde exige algo más que una fotografía y un discurso sentimental.
El texto desprende una egolatría política que termina por desplazar a la propia ciudad. El alcalde cuenta lo que sintió, lo que comprendió, lo que agradeció, lo que pensó y cómo miró a los presentes. Telde aparece constantemente, pero el relato gira alrededor de la sensibilidad y el protagonismo de quien ocupa su Alcaldía.
No se trata de reprocharle que escriba en primera persona. Se trata de señalar que una visita institucional acaba convertida en una larga celebración de sí mismo. Incluso las referencias a los vecinos, los barrios y las generaciones anteriores terminan reforzando la imagen del alcalde como intérprete de los sentimientos de toda una ciudad. Y representar a Telde no significa que todos los teldenses deban reconocerse en su emoción personal.
El relato alcanza su mayor intensidad cuando Peña explica que dio las gracias al presidente y a sus consejeros una vez apagadas las cámaras. No hay motivo para cuestionar la sinceridad del agradecimiento. Pero resulta llamativo que una escena presentada como íntima y ajena al foco mediático termine siendo el principal recurso de un artículo firmado por su protagonista. Las cámaras se apagaron; la búsqueda de protagonismo continuó por escrito.
También merece atención la insistencia en los 675 años de historia de Telde. Vincular toda la trayectoria de la ciudad con la espera de una reunión del actual Gobierno autonómico es una exageración retórica. La relevancia histórica del municipio no depende de esa visita, y la grandeza de Telde tampoco necesita que su alcalde la presente como el escenario de su propia consagración política.
El texto que acompaña al artículo va todavía más lejos al relacionar el acontecimiento con la llegada de CIUCA a la Alcaldía. Que una reunión se celebre durante un mandato no acredita un mérito exclusivo de quien ocupa el cargo. Para defender esa atribución habría que explicar quién la promovió, cómo se gestionó y qué objetivos concretos perseguía. Destacar unas siglas no sustituye esa explicación.
Mientras tanto, quedan pendientes las preguntas esenciales: qué compromisos obtuvo Telde, qué financiación los respalda, qué plazos se acordaron y cómo podrá comprobar la ciudadanía su cumplimiento. El artículo habla de confianza, cercanía y voluntad de escuchar, pero esos conceptos necesitan traducirse en actuaciones verificables.
La egolatría se convierte en un problema político cuando el reconocimiento al gobernante ocupa más espacio que la explicación de su gestión. Un alcalde puede sentirse orgulloso de una jornada institucional. Lo que no debería hacer es presentar ese orgullo como si fuera, por sí mismo, un beneficio para sus vecinos.
Agradecer la visita es cortesía. Convertirla en una oda al propio liderazgo es propaganda personal.
Telde necesita colaboración institucional, inversiones y respuestas. El alcalde ya ha explicado ampliamente lo que sintió aquel viernes. Ahora le corresponde explicar, con la misma dedicación, qué ganó la ciudad. MC







