El festival crece en cifras, premios y reconocimiento, pero también debería preguntarse por quienes dejan de participar, por las decisiones que generan descontento y por la distancia que empieza a percibirse entre quienes ocupan los lugares de honor y quienes mantienen vivo el cine desde las gradas
Hay silencios que cuentan mucho más que cualquier discurso pronunciado desde un escenario. Silencios que no aparecen en las notas de prensa, que no forman parte de las estadísticas oficiales y que difícilmente llegan a las fotografías de una gala. Son los silencios de quienes un año se inscriben con ilusión y al siguiente deciden no regresar. Los de quienes preparan un proyecto y finalmente renuncian a presentarlo. Los de quienes asisten a las proyecciones, participan en los talleres, colaboran con otros compañeros y terminan preguntándose si el festival al que tanto han aportado continúa siendo aquel espacio de encuentro que conocieron.
Después de una nueva edición de Gáldar Rueda, considero necesario detenerse a reflexionar sobre algunas cuestiones que llevan tiempo despertando comentarios, dudas y desencanto entre personas vinculadas a este certamen. No escribo estas líneas para negar los avances conseguidos ni para restar valor al trabajo de quienes hacen posible el Festival Internacional de Cine de Gáldar. Las escribo precisamente porque creo que el festival merece algo más que felicitaciones automáticas, titulares triunfalistas y fotografías de sus momentos más vistosos. Merece una crítica constructiva, incluso incómoda, que permita mirar aquello que no siempre aparece iluminado por los focos.
Este año se ha hablado de récords de participación. La cifra difundida de 370 inscritos ha servido para demostrar el crecimiento de Gáldar Rueda y su capacidad de convocatoria. Sin embargo, tras revisar y cruzar los listados de participantes, eliminando las duplicidades detectadas, el recuento ofrece una fotografía que merece una lectura más detallada. Aparecen 116 personas inscritas en la categoría de dirección, 177 en la de actores y actrices y un total estimado de 316 participantes diferentes, aunque algunas coincidencias de identidad todavía requieren confirmación. Son números relevantes, pero también demuestran la importancia de diferenciar entre registros, inscripciones por categorías y personas realmente distintas.
Frente a esos 116 directores inscritos, el resultado final ha sido de 74 cortometrajes presentados. Conviene aclarar que no necesariamente cada director inscrito representa una película independiente, porque puede haber codirecciones, equipos compartidos y participantes que colaboran en distintos proyectos. Pero esa circunstancia no elimina la pregunta que considero fundamental: ¿qué ocurre entre el momento de inscribirse y el momento de entregar una película?
Es cierto que los 74 cortometrajes suponen un crecimiento importante respecto a la edición anterior, prácticamente el doble, y sería injusto no reconocerlo. Sin embargo, el aumento de obras presentadas no debería impedir que nos interesemos por los proyectos que no llegaron a completarse, por las dificultades de los participantes y por quienes, después de inscribirse, decidieron no continuar. Si aspiramos a mejorar, tan importante es conocer las razones por las que alguien participa como comprender las razones por las que otros dejan de hacerlo.
¿Falta tiempo? ¿Existen problemas para formar equipos? ¿Hay dificultades técnicas o económicas? ¿Se producen desacuerdos entre participantes? ¿El formato de 70 horas termina resultando demasiado exigente para quienes carecen de recursos? ¿O existe también un desgaste acumulado, una pérdida de ilusión y una sensación de que determinadas dinámicas se repiten de una edición a otra?
No tengo respuestas documentadas para todas esas preguntas, y sería irresponsable convertir las sospechas en afirmaciones. Pero precisamente por eso considero que deberían formularse abiertamente. Un festival que presume de participación tendría que sentir curiosidad por conocer también a quienes no consiguieron llegar hasta el final.
Sería interesante que la organización elaborara un balance que no se limitara a anunciar el número de inscritos y de cortometrajes entregados. Un análisis que permitiera conocer cuántos proyectos comenzaron realmente, cuántos quedaron inacabados, qué dificultades encontraron sus equipos y por qué algunas personas renunciaron. No para fiscalizar decisiones individuales, sino para descubrir qué puede mejorarse. Porque detrás de un cortometraje que no llega a presentarse puede existir una historia de falta de medios, de desorganización, de desencanto o simplemente de circunstancias personales. Y cada una de esas situaciones merece una respuesta diferente.
Otra cuestión que considero especialmente importante tiene que ver con el famoso leitmotiv. Gáldar Rueda se presenta como un desafío creativo en el que los participantes deben desarrollar sus trabajos alrededor de una idea revelada al comenzar la competición. En esta edición se eligió la frase «Si sabes lo que vales, ve y consigue lo que mereces», vinculada al universo cinematográfico de Rocky. Una propuesta que podía ofrecer numerosas posibilidades narrativas, desde historias de superación personal hasta reflexiones sobre el fracaso, la dignidad, la perseverancia o el reconocimiento.
La elección de un leitmotiv puede ser una magnífica herramienta para estimular la imaginación y establecer una condición común entre los participantes. Pero para que tenga verdadero sentido debe existir coherencia en su aplicación y valoración.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿para qué se establece un leitmotiv si una parte considerable de los cortometrajes parece utilizarlo de manera tangencial, si no resulta reconocible en algunas historias o si determinados trabajos consiguen premios pese a que su relación con la propuesta temática resulta difícil de identificar?
No dispongo de un análisis individual que permita afirmar qué porcentaje exacto de las 74 películas cumple o incumple esa condición. La percepción de que más de la mitad se aleja de ella debería contrastarse mediante una revisión de los trabajos y los criterios del jurado. Pero el interrogante sigue siendo legítimo, especialmente porque las bases de 2026 anunciaban que se valoraría la calidad, la originalidad y la representación del leitmotiv, prestando especial atención a este último elemento como desafío creativo.
La libertad artística es fundamental y ningún jurado debería interpretar una propuesta temática de manera rígida o simplista. Una película puede abordar una idea a través de símbolos, metáforas o planteamientos narrativos poco evidentes. Pero una cosa es permitir interpretaciones creativas y otra muy distinta es que los participantes no comprendan qué importancia tiene realmente una de las condiciones anunciadas.
Si el leitmotiv resulta determinante, debería explicarse cómo se ha valorado. Si no lo es, quizá habría que reconsiderar su papel dentro del concurso. Lo que no parece razonable es presentar una condición como elemento central del desafío y dejar después una sensación de incertidumbre sobre su aplicación.
No se trata de cuestionar el derecho del jurado a elegir las obras que considere mejores. Se trata de recordar que la confianza en un certamen depende también de que sus reglas resulten comprensibles y de que quienes participan perciban coherencia entre lo anunciado y lo decidido.
Y hablar de confianza me lleva a otra cuestión todavía más delicada: la sensación de amiguismo que algunas personas pueden percibir dentro del festival.
El amiguismo es una palabra seria, y no debe utilizarse como una acusación gratuita. No dispongo de pruebas que permitan afirmar que determinados premios hayan sido concedidos por relaciones personales o que existan decisiones fraudulentas. Pero sí considero necesario reflexionar sobre cómo se construye la percepción de imparcialidad en cualquier acontecimiento cultural donde coinciden profesionales, instituciones, jurados, organizadores y participantes que, por las dimensiones del sector audiovisual canario, pueden conocerse entre sí.
Que las personas se conozcan no constituye por sí mismo un problema. En un territorio como el nuestro, las relaciones profesionales y personales son frecuentes. El problema aparece cuando no se explican suficientemente los criterios de selección, cuando los participantes perciben distancias de trato o cuando se instala la impresión de que unos tienen más facilidades que otros para acceder a determinados espacios.
La respuesta a esas dudas no debería ser el silencio ni el desprecio hacia quien las plantea. Debería ser una mayor transparencia, con criterios claros, mecanismos para prevenir conflictos de intereses y una comunicación capaz de explicar cómo se adoptan las decisiones.
Porque no basta con que un concurso sea imparcial. También debe trabajar para que esa imparcialidad resulte creíble para quienes depositan en él su ilusión y su esfuerzo.
Hay, además, una imagen que me ha hecho reflexionar especialmente y que trasciende cualquier discusión sobre premios o cortometrajes. Es la diferencia entre quienes ocupan determinados espacios de reconocimiento durante las galas y quienes permanecen en las gradas.
No cuestiono que un festival tenga invitados, representantes institucionales, profesionales homenajeados o personas que deban ocupar lugares reservados por razones organizativas. Forma parte del funcionamiento habitual de acontecimientos de estas características. Lo que me pregunto es qué criterio establece esa separación y qué reconocimiento reciben quienes, edición tras edición, sostienen con su presencia buena parte de la programación.
Porque resulta curioso observar cómo quienes acuden a las proyecciones, participan en talleres, acompañan los encuentros, llenan las salas y colaboran en los proyectos no siempre tienen la misma visibilidad que otras personas cuya presencia parece concentrarse en los momentos protocolarios.
¿Quién hace realmente que un festival esté vivo? ¿Quien aparece en una mesa durante la gala o quien ocupa una butaca durante una proyección a la que apenas acuden unos pocos? ¿Quién demuestra mayor compromiso con la cultura: quien posa ante una cámara o quien escucha durante horas a un director explicar cómo consiguió realizar una película con recursos limitados?
No pretendo establecer una competición de méritos personales. Tampoco sería justo asegurar que todas las personas sentadas en lugares preferentes se desentienden de las actividades, porque cada una puede tener obligaciones y compromisos diferentes. Pero sí considero necesario preguntarnos qué mensaje transmite un festival cuando los espacios de mayor reconocimiento parecen alejarse de quienes participan de manera constante en su programación.
La verdadera importancia de una persona dentro de un festival no debería medirse exclusivamente por su cargo, su popularidad, sus relaciones o su presencia institucional. También debería tenerse en cuenta su compromiso real con el cine y con las actividades que dan sentido al acontecimiento.
Quizá sería interesante que quienes ocupan los lugares de honor encontraran también tiempo para compartir una proyección con el público, asistir a un taller o conversar con los participantes fuera de los momentos previstos para las fotografías oficiales. Estoy convencido de que esos encuentros generarían más cercanía y contribuirían a reforzar la identidad cultural del festival.
Porque existe una diferencia enorme entre acudir a un festival y formar parte de él.
En las proyecciones, en los pasillos, en las conversaciones posteriores a los talleres y en los encuentros informales también se habla del festival. Se expresan opiniones, se comparten decepciones, se comentan decisiones y se plantean propuestas. No todas serán acertadas, ni todas las críticas estarán justificadas. Pero ignorarlas sería un error.
A veces tengo la impresión de que se presta demasiada atención a lo que se dice desde los escenarios y muy poca a lo que se comenta cuando termina una actividad y las personas comienzan a conversar entre ellas. Y precisamente ahí, lejos de los discursos preparados, puede encontrarse una de las fuentes de información más valiosas para mejorar cualquier proyecto cultural.
La calle también opina. El público también observa. Los participantes también comparan experiencias y sacan conclusiones.
Cuando determinadas inquietudes se repiten, lo razonable no es atribuirlas automáticamente al resentimiento, a la envidia o al disgusto por no haber recibido un premio. Lo razonable es escucharlas, contrastarlas y comprobar si existe algún problema que merezca atención.
No toda crítica nace de una derrota, ni toda discrepancia esconde una intención negativa. En ocasiones, las observaciones más incómodas proceden precisamente de quienes más aprecian un proyecto y sienten tristeza al comprobar que algunas cosas podrían hacerse mejor.
También considero importante hablar de quienes deciden no regresar. En un certamen cultural solemos celebrar a los nuevos inscritos, pero rara vez preguntamos por los participantes habituales que desaparecen de una edición a otra. Y esa ausencia debería interesarnos.
Hay personas que dejan de participar porque cambian sus prioridades, porque tienen compromisos personales o porque desean explorar otros proyectos. Es completamente normal. Pero también puede haber quienes se alejen por cansancio, por malas experiencias, por no sentirse valorados o porque consideran que el festival ha dejado de ofrecerles aquello que inicialmente los atrajo.
¿Sabemos cuántas personas han participado durante varios años y después han decidido no volver? ¿Se les ha preguntado por qué? ¿Existe algún mecanismo para recoger sus opiniones sin que tengan que exponerse públicamente?
Conocer esas respuestas podría resultar más útil que celebrar únicamente el crecimiento de nuevas inscripciones.
Un festival no debería preocuparse solo por atraer participantes. También debería preguntarse qué hace para que deseen regresar.
Todo esto adquiere mayor importancia cuando observamos la proyección que está alcanzando el FIC Gáldar. Personalmente, considero positivo que el festival aspire a crecer, establecer relaciones con grandes certámenes y conseguir reconocimiento dentro del panorama cinematográfico español e internacional. Que algunas de sus secciones o premios puedan vincularse a circuitos de prestigio, como el de los Premios Goya, representa una oportunidad para ampliar su visibilidad.
Pero existe un riesgo que no deberíamos ignorar: que en el esfuerzo por mirar cada vez más lejos terminemos dejando de escuchar a quienes tenemos más cerca.
De poco serviría alcanzar un extraordinario reconocimiento exterior si una parte de las personas que han contribuido a construir el festival comenzara a sentirse ajena a él. Los grandes reconocimientos pueden abrir puertas, pero la verdadera identidad de un acontecimiento cultural se construye también mediante la confianza, la participación y el respeto hacia quienes lo hacen posible.
El crecimiento institucional no debería producir una distancia cada vez mayor con la realidad cotidiana del festival. Al contrario, cuantos más recursos, experiencia y prestigio adquiere un proyecto, mayor debería ser su capacidad para escuchar, corregir y ofrecer oportunidades.
Gáldar Rueda nació como una experiencia capaz de reunir a personas con diferentes niveles de conocimientos, recursos y trayectorias alrededor de un desafío común: contar una historia con una cámara en un tiempo limitado. Esa posibilidad de crear, colaborar, equivocarse, aprender y compartir debería continuar siendo su principal fortaleza.
No podemos permitir que la competición termine eclipsando el compañerismo, que la obsesión por los premios desplace el aprendizaje o que la necesidad de mostrar grandes cifras oculte las dificultades reales de quienes intentan participar.
Tampoco podemos olvidar a los actores y actrices, operadores de cámara, guionistas, técnicos de sonido, maquilladores, montadores, ayudantes de producción y tantas otras personas cuyo trabajo pocas veces aparece en los grandes titulares. Sin ellos, los cortometrajes sencillamente no existirían.
Por eso sería interesante que el balance de cada edición incluyera también la experiencia de los diferentes gremios. Saber si encontraron proyectos en los que participar, si tuvieron acceso a condiciones adecuadas de trabajo, si se sintieron respetados y si volverían a inscribirse. Esas respuestas permitirían identificar problemas y fortalecer el certamen desde dentro.
No todo puede medirse mediante premios, aplausos o números de participantes. También hay que medir la satisfacción, la confianza y el deseo de continuar formando parte de una comunidad creativa.
Y quizá esa sea una de las reflexiones más importantes que deberíamos hacernos al concluir esta edición: ¿queremos un Gáldar Rueda que crezca solamente en cifras o uno que crezca también en calidad humana, transparencia, participación y capacidad para generar ilusión?
Porque ambas cosas son compatibles. Podemos tener más cortometrajes, mejores premios, mayor proyección internacional y, al mismo tiempo, cuidar el trato a los participantes, escuchar las críticas, explicar las decisiones y recuperar la cercanía que tantos valoramos.
No escribo estas palabras desde la enemistad ni desde el deseo de perjudicar al festival. Al contrario. Creo en el cine como herramienta cultural y en la capacidad que tiene Gáldar Rueda para reunir a personas extraordinarias. He podido comprobar el esfuerzo de actores y actrices que se enfrentan por primera vez a una cámara, la entrega de compañeros que dedican horas a un rodaje y la satisfacción que supone conseguir sacar adelante una historia pese a las dificultades.
Es precisamente ese esfuerzo humano el que merece ser protegido.
Y creo que una organización que ha demostrado capacidad para hacer crecer el festival también debería ser capaz de sentarse a escuchar aquello que incomoda. No para responder defensivamente a cada observación, sino para distinguir las críticas injustas de las cuestiones que verdaderamente necesitan una respuesta.
Sería saludable abrir espacios de diálogo con antiguos y actuales participantes, publicar criterios de evaluación más detallados, estudiar las causas de los proyectos no entregados, revisar la aplicación del leitmotiv y establecer fórmulas de reconocimiento que acerquen a quienes organizan, representan y disfrutan del festival.
Ninguna de esas propuestas supone un ataque. Todas parten de una idea sencilla: lo que merece la pena conservar también merece la pena mejorarlo.
Me preocupa que llegue un momento en el que las personas dejen de expresar sus críticas porque piensen que nadie va a escucharlas. Que se acostumbren a comentar sus decepciones en privado y a guardar silencio en público. Que algunos decidan abandonar sin explicar sus razones porque consideren que hacerlo no servirá de nada.
Cuando eso sucede, un festival puede seguir creciendo en apariencia mientras pierde algo mucho más difícil de recuperar: la confianza de parte de su comunidad.
Y la confianza, a diferencia de una gala, no puede organizarse mediante un programa ni conseguirse con una campaña publicitaria. Se construye con coherencia, respeto, cercanía y capacidad para reconocer errores.
Por eso, después de conocer las cifras de esta edición, no puedo evitar regresar a las preguntas iniciales. Tenemos 116 directores inscritos en esa categoría y 74 cortometrajes presentados. Tenemos un certamen que crece y una organización que celebra sus resultados. Pero también tenemos preguntas sobre quienes no llegaron a entregar sus trabajos, sobre cómo se aplican los criterios de valoración, sobre el protagonismo de los distintos participantes y sobre las voces que no siempre encuentran respuesta.
No todas esas cuestiones implican que exista un problema demostrado. Pero todas merecen ser escuchadas.
El FIC Gáldar tiene derecho a sentirse orgulloso de sus logros. Y quienes participamos, observamos o seguimos su evolución tenemos también derecho a preguntarnos por sus contradicciones y posibilidades de mejora.
Porque la cultura no necesita únicamente aplausos. Necesita reflexión, debate y, cuando corresponde, autocrítica.
Me gustaría que las próximas ediciones de Gáldar Rueda no fueran recordadas solamente por el número de cortometrajes presentados, la cantidad de inscritos o las personalidades que ocuparon los lugares preferentes de la gala. Me gustaría que también se recordaran por haber sabido escuchar a quienes un día pensaron en marcharse, por haber recuperado la ilusión de quienes comenzaron a sentirse apartados y por haber demostrado que el reconocimiento internacional no está reñido con el respeto cotidiano hacia los participantes.
Porque quienes hacen una película en 70 horas no solo entregan tres minutos de imágenes. Entregan tiempo, esfuerzo, creatividad, cansancio, ilusión y, muchas veces, recursos que salen de sus propios bolsillos. Y quienes acompañan cada proyección, cada taller y cada actividad tampoco son simples cifras de asistencia. Son parte de la vida cultural que da sentido al festival.
Tal vez haya llegado el momento de que todos ellos ocupen un lugar más importante, no solamente en las estadísticas, sino también en las decisiones, las conversaciones y el reconocimiento.
El mayor peligro para Gáldar Rueda no sería que algún año disminuyera el número de inscritos o de cortometrajes presentados. El verdadero peligro sería que quienes lo hacen posible comenzaran a sentir que ya no se les escucha.
Porque un festival puede llenar sus galas y vaciar poco a poco la confianza de su gente. Puede conseguir prestigio fuera y perder cercanía dentro. Puede multiplicar sus fotografías oficiales mientras deja sin respuesta las preguntas que se escuchan en los pasillos.
Y entonces habría que preguntarse en qué momento confundimos el crecimiento con el éxito.
Al final, quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea cuántas personas se inscribieron este año, cuántos cortometrajes se presentaron o cuántos premios se entregaron.
La pregunta verdaderamente importante es cuántas de esas personas, después de vivir la experiencia, desean volver el próximo año. Y, sobre todo, cuántas de las que ya no quieren regresar han encontrado a alguien dispuesto a preguntarles por qué.
Porque de nada sirve tener un festival cada vez más grande si quienes le dan vida comienzan a sentirse cada vez más pequeños.
Y una última reflexión: ¿de qué sirve que un festival consiga que lo escuchen fuera de nuestras fronteras si no es capaz de escuchar lo que se dice dentro de sus propias salas? Vidal Bolaños







