Fernando merece ser recordado por su humanidad, su sentido del humor, su vocación sacerdotal y su compromiso con nuestra tierra. También merece que su despedida nos haga revisar cómo tratamos a quienes envejecen, enferman o dejan de ocupar un espacio público
El fallecimiento de Fernando Báez Santana, conocido popularmente como el padre Báez, deja un vacío humano y cultural en Gran Canaria. Sacerdote, excelente comunicador y defensor apasionado de Canarias, su cultura y su legado, mantuvo un vínculo especial con Telde a través de su labor en Lomo Magullo, Cazadores y La Breña.
Su despedida también suscita una reflexión incómoda: qué solos pueden quedarse quienes enferman y cuántas muestras de afecto aparecen cuando ya han muerto. Llegan entonces los elogios, los recuerdos públicos y las palabras solemnes. Pero ninguna de ellas sustituye una visita, una llamada o un gesto de compañía cuando todavía podían recibirse.
Quienes lo apreciábamos tenemos derecho a preguntarnos dónde estaban algunas de esas voces durante los últimos años, cuando la enfermedad fue debilitando su cuerpo y reduciendo su presencia pública. El reconocimiento póstumo pierde credibilidad cuando no estuvo acompañado de cercanía en en los últimos momentos de su vida.
La crítica no va dirigida a quienes hoy expresan un dolor sincero, sino a esa costumbre de reservar las mejores palabras para cuando su destinatario ya no puede escucharlas. A la facilidad con la que se ensalza a una persona después de haber dejado que el silencio y la distancia ocuparan su lugar.
Fernando merece ser recordado por su humanidad, su sentido del humor, su vocación sacerdotal y su compromiso con nuestra tierra. También merece que su despedida nos haga revisar cómo tratamos a quienes envejecen, enferman o dejan de ocupar un espacio público.
Porque el cariño no debería esperar a una esquela. Y porque, demasiadas veces, quienes se quedan solos son los vivos, mientras los muertos reciben todas las atenciones que les faltaron.
Descansa en paz, padre Báez. MC







