Quizá lo más honesto sería dejar de hablar de municipalismo independiente y empezar a reconocer que algunos han optado por algo mucho más antiguo y conocido en la política canaria: sobrevivir al calor del poder, aunque para ello haya que renunciar a buena parte del discurso con el que se pidió la confianza ciudadana
Se consumó el retrato, y con él, el fin de los matices. Ya no quedan cortinas de humo, ni discursos de resistencia progresista, ni esa impostada distancia que los líderes de Municipalistas Primero Canarias (1ºCAN) ensayaban para no espantar a su electorado tradicional en Gran Canaria. La foto de este lunes en Las Palmas de Gran Canaria, con Teodoro Sosa y Óscar Hernández ejerciendo de perfectos anfitriones ante la plana mayor de Coalición Canaria —encabezada por el mismísimo presidente del Gobierno autonómico, Fernando Clavijo—, es el acta de defunción de una farsa política que se venía venir desde el minuto uno de la ruptura con Nueva Canarias.
Bajo el rimbombante y pomposo paraguas de la «Mesa de Unidad Canaria», lo que escenificó la delegación municipalista no es una alianza estratégica entre iguales; es un pliego de condiciones de rendición. Es tirarse sin pudor ni vergüenza en los brazos de las siglas que históricamente han representado el centroderecha insular y los intereses de las élites tradicionales del archipiélago. Aquellos que un día se erigieron como los defensores del progreso en el norte y en el sureste de Gran Canaria se sientan hoy a la mesa para convertirse en el brazo ejecutor y el salvavidas territorial de las políticas conservadoras a las que decían combatir.
La jugada responde a esa vieja lógica, tan vieja como el peor pragmatismo político, del «quítate tú pa’ ponerme yo». Una estrategia calculada al milímetro que busca tres cosas muy claras, y ninguna de ellas pasa por solucionar la emergencia habitacional, la precariedad salarial o la presión turística que asfixia a nuestra gente:
- Dinamitar la izquierda nacionalista: Erosionar y, si es posible, liquidar definitivamente el espacio político progresista que costó décadas construir en Gran Canaria, dejando huérfano a un electorado que creía en un nacionalismo con profunda conciencia social.
- Garantizar la cuota de poder personal: Postularse y asegurar sillones bajo el pretexto de que «solo así se influye en Madrid», disfrazando la mera ambición de supervivencia con un traje de pragmatismo electoral de cara a las próximas generales.
- Blanquear al socio mayoritario: Ofrecerle a Coalición Canaria en bandeja de plata la llave de entrada a los municipios de Gran Canaria que siempre se le resistieron históricamente, a cambio de mantener intacto el estatus de los nuevos barones locales.
Tratar de vender esta capitulación ante Clavijo como un acto de altura de miras en favor de la «agenda canaria» es un insulto a la inteligencia de la ciudadanía. La ruptura del espacio nacionalista progresista camina, de forma matemática, en la dirección exactamente opuesta a lo que Canarias necesita en este momento histórico. El archipiélago no demanda pactos de despacho vacíos de ideología para ver cómo se reparten las listas de Madrid; necesita un contrapeso transformador, firme y de izquierdas que entienda que la identidad canaria no se defiende entregando las banderas a la derecha tradicional.
Primero Canarias nació prometiendo poner a los municipios y a su gente por delante. Hoy sabemos que lo único que estaba primero eran ellos mismos, utilizando el municipalismo como un trampolín para asaltar los despachos donde se reparte el poder autonómico. Las cartas están sobre la mesa y las caretas, en el suelo. Que nadie se llame a engaño cuando se abran las urnas.







