En cualquiera de los casos, la imagen que proyecta Ciuca es demoledora. Un partido que ni siquiera es capaz de mantener un discurso coherente sobre una cuestión tan trascendente como una posible alianza electoral transmite improvisación, descoordinación y una preocupante falta de liderazgo
Hay ocasiones en política en las que no hace falta que intervenga la oposición para dejar en evidencia a un dirigente. Basta con que hable el presidente de su propio partido.
Eso es exactamente lo que le ha ocurrido al concejal Juan Martel. En una entrevista radiofónica aseguró con total naturalidad que existían conversaciones para articular una candidatura conjunta entre Ciuca y Coalición Canaria, encabezada por Juan Antonio Peña. No dio la impresión de estar especulando ni lanzando una hipótesis; habló como quien conoce una operación política en marcha.
Sin embargo, el castillo de naipes apenas aguantó unas horas. El presidente de Ciuca, Daniel Reyes, salió a desmentir categóricamente esas afirmaciones, dejando a Martel en una situación tan incómoda como difícil de explicar.
Y aquí surge la pregunta inevitable: ¿quién dice la verdad?
Porque solo caben dos posibilidades. O Juan Martel habló de algo que nunca existió, lo que pondría en cuestión la fiabilidad de sus declaraciones públicas, o Daniel Reyes ha decidido negar unas conversaciones que sí se produjeron porque políticamente no convenía reconocerlas. No hay una tercera vía.
En cualquiera de los casos, la imagen que proyecta Ciuca es demoledora. Un partido que ni siquiera es capaz de mantener un discurso coherente sobre una cuestión tan trascendente como una posible alianza electoral transmite improvisación, descoordinación y una preocupante falta de liderazgo.
Lo más llamativo es que nadie ha salido a aclarar la contradicción. Nadie ha explicado si Martel habló por libre, si interpretó mal unas conversaciones o si, simplemente, dijo en voz alta lo que otros preferían mantener entre bastidores.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplan otro episodio de política convertida en espectáculo. Un concejal anuncia una estrategia electoral y el presidente de su partido le enmienda la plana públicamente. Difícil imaginar una desautorización más contundente.
Lo verdaderamente preocupante no es solo el ridículo político. Es comprobar que, mientras Telde sigue acumulando problemas de gestión, deterioro de servicios y proyectos pendientes, parte de la energía de algunos responsables públicos parece estar centrada en cálculos electorales, pactos futuros y movimientos de tablero.
Quizá Daniel Reyes haya querido cortar de raíz una información inoportuna. Quizá Juan Martel se precipitó. O quizá ambos estén jugando una partida en la que la verdad cambia según convenga al momento político.
Pero hay una certeza que nadie puede discutir: cuando el presidente de un partido sale a desmentirte, el problema ya no es de comunicación. Es de credibilidad.
Y la credibilidad, una vez perdida, cuesta mucho más recuperarla que improvisar un nuevo desmentido.







