En el Partido Popular de Gran Canaria no hay congresos, pero sí hay relevos. No hay participación de la militancia, pero sí hay decisiones. Y no hay estructura sólida… pero sí hay nombres que aparecen cuando toca repartir el timón
El relevo de Carlos Ester apunta al círculo de confianza de Manuel Domínguez mientras el partido en la isla sobrevive sin estructura, sin músculo y cada vez con menos militantes.
En el Partido Popular de Gran Canaria no hay congresos, pero sí hay relevos. No hay participación de la militancia, pero sí hay decisiones. Y no hay estructura sólida… pero sí hay nombres que aparecen cuando toca repartir el timón.
El último: Carlos Sánchez, diputado nacional del PP, que se perfila como sustituto de Carlos Ester al frente de la organización insular. Un relevo que, lejos de suponer un cambio de rumbo, confirma lo que muchos dentro del partido llevan tiempo denunciando: que el PP de Gran Canaria se gestiona más como un club de confianza que como una organización política con vida propia.
Porque el patrón no cambia. Se mantiene la gestora. Se evita el congreso. Y, sobre todo, se esquiva cualquier escenario en el que los afiliados —los pocos que quedan— puedan decidir algo.
Convocar un congreso insular implicaría abrir el partido, contar militantes, escuchar voces y elegir un liderazgo real. Y ese escenario, a día de hoy, parece más improbable que ver al PP de Gran Canaria funcionando como lo que fue: una maquinaria política con implantación en toda la isla.
La realidad que describen antiguos y actuales afiliados es bastante más cruda. El partido, aseguran, está prácticamente desmantelado en buena parte del territorio. No hay comités locales en muchos municipios, la actividad es mínima y la estructura orgánica solo se mantiene en aquellos lugares donde aún se toca poder institucional. Donde no hay gobierno, no hay partido.
Mientras tanto, los pocos afiliados que siguen en activo se dividen en dos grupos muy claros: los que están dentro del sistema —con cargo, relación institucional o cercanía al poder— y los que miran desde fuera, con una mezcla de frustración y resignación, cómo el PP de Gran Canaria se ha ido vaciando sin que nadie haya puesto freno.
Estos últimos no esconden su malestar. Hablan de abandono, de decisiones tomadas desde fuera de la isla y de una pérdida progresiva de peso político frente a Tenerife, donde —según denuncian— se concentra cada vez más la actividad, la estrategia y el control real del partido en Canarias.
En ese contexto, el nombre de Carlos Sánchez no se interpreta como una solución, sino como una confirmación: el relevo vuelve a salir del entorno más próximo al presidente regional, Manuel Domínguez. Más que renovación, continuidad. Más que reconstrucción, control.
Y mientras tanto, la gestora sigue. Esa figura que nació como algo provisional pero que en el PP de Gran Canaria ya parece una institución permanente, casi una forma de gobierno. Una especie de “modo mantenimiento” político en el que no se construye nada, pero tampoco se deja que nada cambie demasiado.
Algunos antiguos afiliados, de hecho, ya están moviéndose para intentar reactivar el partido desde abajo, conscientes de que si no lo hacen ellos, nadie lo hará por ellos. El temor es claro: que Gran Canaria termine completamente diluida dentro de un proyecto regional donde su peso político sea cada vez más simbólico.
Porque la gran pregunta ya no es quién sustituye a Carlos Ester.
La gran pregunta es otra: ¿queda realmente partido en Gran Canaria o solo queda el nombre?
Y en esa duda, incómoda pero cada vez más extendida, se resume el momento actual del PP en la isla: un partido que un día fue decisivo y que hoy sobrevive entre gestoras eternas, relevos a dedo y una militancia que ya ni siquiera sabe si sigue formando parte de algo… o simplemente está viendo cómo todo se apaga desde dentro.
Juan Santana, periodista y locutor de radio







