El joven que llevaba meses animando la plaza de Jinámar anuncia que, tras alcanzar un “acuerdo y solución” con el alcalde de Telde, deberá trasladar sus bailes a una zona próxima al Lidl. Mientras tanto, las molestias denunciadas en San Gregorio y el desorden del Rastro parecen disfrutar de inmunidad municipal
En Telde ya no hace falta cometer un delito para ser desterrado. Basta con acudir con un altavoz, poner música, bailar delante de una cámara y compartir un poco de alegría a través de TikTok.
Eso es, al parecer, lo que le ha ocurrido a Gabriel, conocido en las redes sociales como Gabriel DJ Jinámar. Desde hace aproximadamente nueve meses, este joven acudía a las inmediaciones de la plaza del pueblo de Jinámar, colocaba su música y bailaba ante los vecinos. No montaba una discoteca, no instalaba una barra, no vendía copas ni convertía los baños públicos en los servicios de un negocio particular. Simplemente bailaba.
Sin embargo, Gabriel ha comunicado en un vídeo que ya no podrá continuar haciéndolo en el mismo lugar. Según explica, ha llegado a un “acuerdo y solución” con el alcalde de Telde para trasladarse a una zona situada junto al Lidl de Jinámar, cerca de una parada.
Es decir, el Ayuntamiento parece haber encontrado una respuesta contundente para uno de los grandes problemas históricos de Telde: un muchacho bailando.
La mudanza tiene incluso cierto aire épico. Gabriel abandona la plaza y es enviado a una zona más apartada, donde posiblemente tendrá como público a quienes esperan la guagua, algún vecino despistado y los lagartos del lugar. Estos últimos, hasta ahora privados de programación cultural municipal, podrán disfrutar por fin de música y baile en directo.
El problema no es solamente el traslado del joven. La pregunta que se hacen muchos ciudadanos es por qué el Ayuntamiento actúa con tanta rapidez en este caso y muestra una paciencia casi franciscana ante otras situaciones bastante más molestas.
En San Gregorio, por ejemplo, los vecinos llevan tiempo denunciando lo que sucede durante los fines de semana junto a la iglesia: música, ruido, ocupación del espacio y utilización del baño público de la zona por parte de los asistentes a una terraza. Allí, al parecer, el oído municipal funciona de otra manera. El altavoz de Gabriel se escucha perfectamente desde Alcaldía, pero el ruido de San Gregorio debe llegar con interferencias.
Quizás se trate de una nueva tecnología acústica del Ayuntamiento: detecta inmediatamente a un joven bailando en Jinámar, pero pierde la señal cuando la música suena junto a la iglesia de San Gregorio.
También tenemos el Rastro dominical de Telde. Numerosos ciudadanos llevan tiempo reclamando una instalación más ordenada, limpia y digna. En algunos puntos, especialmente en las inmediaciones traseras de la iglesia, se pueden encontrar artículos cuyo origen y estado hacen pensar que han pasado directamente del contenedor al puesto de venta, sin detenerse siquiera en la aduana de la limpieza.
Pero ahí tampoco parece existir tanta urgencia.
Al parecer, vender objetos recogidos presuntamente de la basura puede esperar. Las molestias reiteradamente denunciadas por vecinos pueden esperar. La ocupación del espacio público puede esperar. El ruido de una terraza puede esperar.
Lo que no podía esperar ni un minuto más era Gabriel bailando.
Esta es la sorprendente escala de prioridades del Ayuntamiento de Telde: mano firme con el bailarín, pasos cortitos con los problemas de verdad y oído selectivo dependiendo del barrio, del protagonista y, posiblemente, de quién tenga el altavoz.
Nadie discute que el uso del espacio público debe estar regulado y que la música debe respetar el descanso y la convivencia. Si existían molestias o incumplimientos, el Ayuntamiento debía explicarlos con claridad y aplicar la normativa. Pero esa misma normativa tiene que valer para todos, sin excepciones, amistades ni silencios administrativos.
Porque cuando se actúa contra el más débil y se mira hacia otro lado ante situaciones mucho más graves, la autoridad deja de parecer autoridad y empieza a parecer arbitrariedad.
Gabriel seguirá bailando. Solo que ahora lo hará lejos de la plaza, acompañado probablemente por los lagartos, que todavía no han presentado ninguna denuncia por exceso de decibelios.
Aunque conviene advertirles: si uno de ellos abre una cuenta en TikTok y el vídeo se hace viral, el alcalde podría ordenar también su traslado.
En Telde nunca se sabe.
Aquí las terrazas resisten, el Rastro de Jinámar sobrevive, las quejas vecinales se archivan y los problemas importantes esperan pacientemente su turno.
Pero cuidado con bailar.
Bailar, por lo visto, sí puede ser motivo de destierro.
Juan Santana, periodista y locutor de radio







