Durante dos décadas, Nueva Canarias le sirvió para construir una carrera política, acceder a responsabilidades públicas y disfrutar de la confianza que el partido depositó en ella. Ahora, cuando decide marcharse, lo verdaderamente honesto sería recoger sus pertenencias, presentar la dimisión y dejar paso a quien siga creyendo en el proyecto que ella abandona

Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia en la política española. Un cargo público rompe con el partido que le llevó a las instituciones, anuncia su marcha con grandes palabras sobre principios, renovación o discrepancias internas… pero, curiosamente, mantiene intacto el cargo y el sueldo que obtuvo gracias a esas mismas siglas.

La última en protagonizar este capítulo ha sido la consejera de Desarrollo Económico del Cabildo de Gran Canaria, Minerva Alonso, que abandona Nueva Canarias después de cerca de veinte años vinculada a esa formación política. Está en su perfecto derecho de hacerlo. Nadie puede obligar a una persona a permanecer en un partido en el que ya no cree. Lo que sí puede exigírsele es un mínimo de coherencia.

Porque una cosa es abandonar unas siglas y otra muy distinta seguir aferrada al sillón conseguido gracias a ellas.

Resulta llamativo comprobar cómo algunos descubren de repente que el partido en el que han desarrollado toda su carrera ya no representa sus ideales, pero esos escrúpulos desaparecen cuando llega el momento de renunciar al cargo y al generoso salario que conlleva. Ahí la conciencia parece volverse mucho más flexible.

Durante dos décadas, Nueva Canarias le sirvió para construir una carrera política, acceder a responsabilidades públicas y disfrutar de la confianza que el partido depositó en ella. Ahora, cuando decide marcharse, lo verdaderamente honesto sería recoger sus pertenencias, presentar la dimisión y dejar paso a quien siga creyendo en el proyecto que ella abandona.

Lo contrario transmite un mensaje demoledor: las siglas son un simple vehículo para llegar al poder, pero una vez alcanzado el destino, ya no importan. Se abandonan las ideas, se abandonan los compañeros e incluso se critica aquello que durante años se defendió, pero el sueldo permanece inalterable.

Ese comportamiento no fortalece la democracia; la deteriora. Alimenta la percepción de que para algunos la política no es una vocación de servicio, sino una forma de vida de la que cuesta muchísimo desprenderse.

Y este caso vuelve a poner en evidencia otra realidad incómoda. En Telde también hay quienes han abandonado el proyecto político con el que llegaron a las instituciones, pero ninguno ha dado el paso de renunciar al cargo obtenido gracias a esas mismas siglas. Cambian de discurso, cambian de alianzas e incluso de compañeros de viaje, pero no del asiento institucional.

La ética política no consiste en pronunciar discursos grandilocuentes sobre regeneración democrática. La ética se demuestra cuando las decisiones personales tienen consecuencias. Si alguien entiende que el partido que le permitió ocupar un cargo ya no merece su confianza, lo lógico es que tampoco considere legítimo seguir representándolo desde una institución.

La ciudadanía está cansada de contemplar cómo algunos políticos abandonan el barco justo cuando les conviene, pero antes se aseguran de llevarse el salvavidas. Porque, al final, no renuncian a la política; renuncian únicamente a unas siglas.

Y mientras tanto, continúan viviendo de los recursos públicos que obtuvieron gracias a ellas.

Quizá haya llegado el momento de recordar una verdad tan sencilla como incómoda: quien rompe con el proyecto que le dio el cargo debería tener la dignidad de devolver también el cargo. Todo lo demás es intentar convencer a los ciudadanos de que la coherencia es un valor… siempre que no afecte a la nómina de final de mes.MC