Lanzarse al ruedo tan pronto solo se justifica si el nivel de alerta interna en la alcaldía es máximo. Cuando los problemas de gestión (como los de personal o las infraestructuras que no se abren) amenazan con desbordar la paciencia vecinal, la desesperación por controlar el relato te lleva a cometer locuras como esta: empezar una campaña cuando todavía queda un año de mandato por cumplir
Juan Antonio Peña y su entorno han decidido que junio de 2026 es el momento perfecto para arrancar la campaña de las elecciones de 2027. Sí, han leído bien: a un año vista de que los ciudadanos vuelvan a las urnas, en los solares del municipio ya empiezan a colocarse vallas con la imagen de Peña y las siglas, Primero Canarias- Ciuca.
En 2023, esta estrategia de hipervisibilidad temprana le salió redonda a Peña. Entonces funcionó porque era el aspirante, el azote de la parálisis administrativa, el rostro nuevo que prometía levantar las alfombras de un Ayuntamiento adormecido. El problema de repetir el truco de magia tres años después es que el público ya se sabe el truco. Y lo que antes se percibía como audacia y frescura, hoy, desde la comodidad del sillón de la alcaldía, huele irremediablemente a nerviosismo.
Pasar de la pancarta a la gestión es el trago más amargo de la política local. Ya no vale con señalar el bache; ahora hay que asfaltar. Y es precisamente ahí donde el relato del «cambio» empieza a agrietarse. Los retrasos enquistados en la reapertura del polideportivo Paco Artiles, las constantes crisis de gestión en el área de Recursos Humanos y personal, o los bandazos en la organización de eventos clave como los carnavales, son realidades que no se tapan con un buen eslogan ni con lonas de colores.
Cuando un gobernante necesita recordarle masivamente a sus vecinos lo bien que lo hace un año antes de que se abran las urnas, no está haciendo pedagogía; está buscando un escudo.
Este desembarco publicitario prematuro del alcalde no es una demostración de fuerza, sino un síntoma de debilidad defensiva. Delata el temor a unas encuestas internas que ya no sonríen tanto y el desgaste lógico de quien prometió el cielo municipal y se ha topado con el suelo de la burocracia. Además, se nota el peso de la alargada sombra de Teodoro Sosa en el tablero insular, que obliga a Peña a sobreactuar para no perder autonomía ni liderazgo en su propio feudo.
Saturar el espacio visual de Telde con tanta antelación busca un objetivo claro: ahogar el debate, polarizar la calle y cortarle el oxígeno a una oposición que apenas empieza a reorganizarse. Es un intento de ganar el partido por incomparecencia del rival. Sin embargo, el votante de Telde no padece de amnesia. Las vallas publicitarias pueden tapar las fachadas, pero no pueden ocultar las carencias de los barrios. Peña ha decidido que la campaña ya ha empezado; ahora falta ver si los teldenses compran el cartel o si exigen, de una vez, ver la obra terminada.
Lanzarse al ruedo tan pronto solo se justifica si el nivel de alerta interna en la alcaldía es máximo. Cuando los problemas de gestión (como los de personal o las infraestructuras que no se abren) amenazan con desbordar la paciencia vecinal, la desesperación por controlar el relato te lleva a cometer locuras como esta: empezar una campaña cuando todavía queda un año de mandato por cumplir. MC







