Por eso, cuando las renuncias personales comienzan a utilizarse como argumento público, conviene recordar algo elemental: nadie está obligado a ser alcalde. Si algún día el coste personal supera la satisfacción y el honor de servir a Telde, siempre existe la posibilidad de dejar paso a otra persona dispuesta a asumir esa responsabilidad
Las declaraciones de Juan Antonio Peña asegurando que «ser alcalde de Telde exige renunciar a muchas cosas personales» pueden resultar comprensibles desde el punto de vista humano, pero sorprenden cuando proceden de alguien que decidió libremente presentarse a unas elecciones, aspirar a la Alcaldía y asumir la responsabilidad de gobernar una ciudad como Telde. Nadie llega a alcalde por obligación y mucho menos permanece en el cargo contra su voluntad. Quien entra en política y pretende ocupar la máxima responsabilidad municipal conoce, o debería conocer, las exigencias que conlleva.
Ser alcalde requiere dedicación, muchas horas de trabajo, reuniones, llamadas, problemas, críticas y seguramente menos tiempo para la familia y los amigos. Todo eso es cierto. Pero también lo es que ejercer la Alcaldía constituye uno de los mayores honores que puede recibir un ciudadano, porque significa haber obtenido la confianza necesaria para representar y servir a miles de vecinos. Por eso resulta difícil compartir esa tendencia a presentar las obligaciones inherentes al cargo como una especie de sacrificio personal que la ciudadanía debiera reconocer o agradecer.
Además, existe una cuestión que tampoco puede obviarse cuando se habla de renuncias. El alcalde recibe una retribución económica con cargo a las arcas públicas precisamente para dedicarse a gobernar el municipio. No estamos ante un voluntariado ni ante alguien que dedica gratuitamente buena parte de su vida a solucionar los problemas de Telde. Existe una compensación económica por esa dedicación y por las responsabilidades asumidas, una remuneración que muchos trabajadores difícilmente alcanzarían en su actividad profesional.
Y son precisamente esos ciudadanos quienes pueden sentirse sorprendidos ante determinados lamentos. Miles de vecinos de Telde madrugan diariamente, pasan horas fuera de sus casas, apenas ven a sus familias durante determinadas jornadas y renuncian a buena parte de su tiempo personal para sacar adelante un sueldo, pagar una hipoteca, mantener un negocio o llegar a final de mes. Lo hacen trabajadores, autónomos, comerciantes y profesionales de todos los sectores, en muchos casos con remuneraciones considerablemente inferiores a las que corresponden a quienes desempeñan las máximas responsabilidades políticas.
Por eso convendría acabar con la demagogia barata y el victimismo alrededor del ejercicio de la Alcaldía. La ciudadanía no tiene una deuda de gratitud con quien ocupa el sillón de alcalde por dedicar muchas horas a su trabajo. Forma parte de la responsabilidad que voluntariamente quiso asumir. De la misma manera que exigimos a cualquier trabajador que cumpla con las obligaciones por las que recibe un salario, a un alcalde debemos exigirle dedicación, eficacia y, fundamentalmente, resultados.
El debate verdaderamente importante no debería ser cuánto tiempo personal sacrifica Juan Antonio Peña por ser alcalde, sino qué obtiene Telde después de esas horas de dedicación. Los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si los servicios públicos funcionan mejor, si los problemas históricos encuentran soluciones, si los proyectos anunciados terminan ejecutándose y, en definitiva, si la ciudad avanza al ritmo que merece. Esa es la verdadera medida de un alcalde y no las horas que permanece en su despacho ni las renuncias personales que haya decidido realizar.
La política municipal necesita menos relatos personales y más gestión. Quien ocupa la Alcaldía debe comprender que ser el máximo representante de Telde significa también convertirse en su primer servidor público. El cargo lleva aparejadas responsabilidades, dificultades y renuncias, pero también una enorme dignidad institucional, una remuneración económica y, sobre todo, el privilegio de trabajar por una ciudad de más de cien mil habitantes.
Por eso, cuando las renuncias personales comienzan a utilizarse como argumento público, conviene recordar algo elemental: nadie está obligado a ser alcalde. Si algún día el coste personal supera la satisfacción y el honor de servir a Telde, siempre existe la posibilidad de dejar paso a otra persona dispuesta a asumir esa responsabilidad. Lo que no parece razonable es trasladar a los ciudadanos la sensación de que deberían sentirse agradecidos por los sacrificios personales de quien voluntariamente quiso gobernarlos.
Ser alcalde de Telde debe ser un orgullo, pero también una enorme responsabilidad. Los vecinos no necesitan conocer permanentemente cuánto sacrifica su alcalde; necesitan comprobar qué hace su alcalde por ellos. Porque gobernar no consiste en recordar las renuncias que exige el cargo, sino en justificar cada día, mediante la gestión y los resultados, la confianza recibida.
Basta ya, por tanto, de demagogia barata y victimismo. Ser alcalde no es hacerle un favor a Telde. Ser alcalde es tener el enorme honor de servirla. Maribel Castro







