Gobernar en coalición implica asumir una verdad sencilla: ni los éxitos son individuales ni los errores pertenecen siempre a otros. Ambos forman parte de un proyecto colectivo. Y gestionarlos con honestidad es una señal de madurez política

En los gobiernos formados por varias fuerzas políticas no solo se gestionan áreas, presupuestos o proyectos. Se gestiona algo más delicado: la cultura interna con la que se ejerce el poder. 

Cuando existe diálogo real, los avances se entienden como lo que son: el resultado de un trabajo compartido. A veces una iniciativa nace en un área concreta; otras veces la impulsa un grupo minoritario que está funcionando con eficacia y responsabilidad. Reconocerlo no debilita a quien lidera el conjunto. Al contrario, fortalece la credibilidad del gobierno y transmite cohesión. 

Sin embargo, en política existe una tentación recurrente: apropiarse del mérito cuando las cosas salen bien y diluir responsabilidades cuando surgen errores o fracasos. Esa dinámica puede ofrecer réditos a corto plazo, pero a medio plazo erosiona la confianza interna y externa. 

Gobernar en coalición implica asumir una verdad sencilla: ni los éxitos son individuales ni los errores pertenecen siempre a otros. Ambos forman parte de un proyecto colectivo. Y gestionarlos con honestidad es una señal de madurez política. 

La falta de diálogo, por pequeña que parezca, abre grietas. No suelen ser grandes rupturas inmediatas, sino silencios acumulados, reconocimientos que no llegan, responsabilidades que se desplazan. Esas pequeñas desconsideraciones son las que, con el tiempo, generan división. 

Y cuando esas actitudes responden a una lógica de competición interna —buscar rédito político propio, marcar perfil frente al socio o intentar ganar espacio dentro del mismo gobierno— el efecto final es más profundo de lo que parece. Se debilita la imagen de estabilidad, se resiente la confianza institucional y se proyecta una sensación de descoordinación que termina afectando a la gestión.

Pero, sobre todo, quien pierde no es un partido ni otro. Quien pierde es el vecino. Pierde el ciudadano que espera soluciones y encuentra rivalidades. Pierde quien confió en un gobierno estable y percibe tensiones innecesarias. Pierde quien necesita que sus representantes colaboren, no que compitan entre sí. 

La política de coalición no puede convertirse en una carrera interna por el protagonismo. Cuando el foco deja de estar en servir y pasa a estar en sobresalir, el interés general se diluye. 

La ciudadanía no vota egos. Vota responsabilidad, cooperación y resultados. Y la honestidad —para reconocer aciertos y asumir errores— es la base de esa responsabilidad. 

Porque gobernar no es competir. Es cooperar. 

Y cuando esa prioridad se invierte, el coste siempre lo paga el ciudadano.

Manuel Afonso. Colaborador de análisis político