Lo dice alguien que ha recibido esos mensajes y que no ha sabido gestionarlos. Alguien que hoy comprende que cuidarse no puede ser siempre una tarea pendiente. No lo digo para dar lecciones, sino para compartir una reflexión que nace de lo vivido

La vida es lo más grande que tenemos. Y, sin embargo, cuántas veces la dejamos para después. Nos preocupamos por el trabajo, por los problemas, por lo que falta y por lo que vendrá, mientras descuidamos aquello que nos permite seguir adelante: nuestra propia salud.

A veces el cuerpo nos avisa y nosotros buscamos una excusa. «Será el cansancio». «Ya se me pasará». «Mañana me lo miro». Aplazamos nuestra atención como si tuviéramos asegurado todo el tiempo del mundo.

Hasta que un día llega el golpe. El miedo. Ese instante en el que todo lo que parecía urgente pierde importancia. Solo queremos recibir ayuda y seguir aquí. Volver a casa. Abrazar a los nuestros. Tener otro amanecer.

Y todo eso, muchas veces, no lo tenemos en cuenta hasta que nos pasa.

Está bien que denunciemos que un político no sabe gestionar una ciudad, una institución o un servicio público. Hay que exigir responsabilidades a quienes las tienen. Pero también debemos mirar hacia nosotros mismos: nuestra vida merece atención, cuidado y una buena gestión.

¿Cuántas veces dejamos nuestra salud al final de la lista? ¿Cuántas veces encontramos tiempo para discutir los problemas de los demás, pero aplazamos una consulta o restamos importancia a lo que sentimos?

Lo dice alguien que ha recibido esos mensajes y que no ha sabido gestionarlos. Alguien que hoy comprende que cuidarse no puede ser siempre una tarea pendiente. No lo digo para dar lecciones, sino para compartir una reflexión que nace de lo vivido.

No siempre sabemos interpretar lo que nos ocurre. Por eso debemos pedir ayuda, dejar que los profesionales valoren las señales y atender sus indicaciones. Tampoco todo se puede prever o evitar, y esta reflexión no pretende culpar a nadie.

Pero cuando tenemos la oportunidad de actuar, aprovechemos esa oportunidad. Cuando podemos cuidarnos, hagámoslo. Cuando recibimos ayuda a tiempo, entendamos el valor de lo que tenemos entre las manos.

No todos tienen la suerte de poder contarlo.

Esta es una reflexión para todos, empezando por mí. Todavía tenemos abrazos que dar, palabras que decir y momentos que vivir. Que el alivio de seguir aquí se convierta también en un compromiso: escuchar nuestro cuerpo, cuidar nuestra salud y vivir con más conciencia.

La vida merece que la defendamos también en nosotros mismos.

Juan Santana, periodista y locutor de radio