Quizá haya llegado el momento de abandonar los complejos y estudiar todas las alternativas posibles. Reconversión, reducción, nuevos usos, aprovechamiento parcial o cualquier solución técnicamente viable que permita recuperar ese espacio para la ciudad sin embarcar nuevamente a Telde en una aventura económica de consecuencias imprevisibles
Veintiséis años después de colocarse la primera piedra del denominado Palacio de la Cultura y las Artes, resulta sorprendente que el portavoz de Nueva Canarias, José Luís Macías, pretenda presentarlo nuevamente – vía artículo de opinión- como la gran oportunidad que Telde estaba esperando. Como si durante todo este tiempo no hubiera ocurrido nada. Como si estuviéramos ante un proyecto recién concebido y no ante uno de los grandes monumentos al fracaso de la gestión pública en la historia reciente del municipio.
Porque antes de hablar de grandes producciones, escenarios móviles, orquestas, visitantes de toda Canarias, restaurantes llenos y comercios beneficiados, convendría mirar lo que tenemos delante, un enorme edificio inacabado que lleva más de un cuarto de siglo ocupando y condicionando una zona estratégica del casco de Telde.
El proyecto impulsado durante la etapa del exalcalde Francisco Santiago nació con unas dimensiones y unas pretensiones faraónicas. El tiempo ha demostrado que aquellas aspiraciones estaban muy por encima de la capacidad para culminarlo y ponerlo en funcionamiento. El resultado no ha sido el gran motor cultural prometido, sino un mamotreto de hormigón convertido durante décadas en un lastre urbanístico y en la imagen de una oportunidad perdida.
No puede decir ahora el señor Macías, que no debemos perder el tiempo buscando responsabilidades. Conocer cómo llegamos hasta aquí no significa emprender una cacería política. Significa algo mucho más elemental, evitar repetir los mismos errores.
Durante 26 años, generaciones de teldenses han contemplado cómo ese edificio permanecía cerrado mientras el municipio acumulaba necesidades mucho más urgentes. Y mientras tanto, una parte fundamental del entorno urbano ha tenido que convivir con una infraestructura que nunca cumplió la función para la que fue construida.
Ahora se pretende recuperar el sueño original prácticamente con los mismos argumentos de entonces: que atraerá grandes espectáculos, que dinamizará la economía, que beneficiará al comercio y que situará a Telde como referente cultural de Canarias.
Todo suena estupendamente. Pero los sueños, cuando se pagan con dinero público, necesitan números.
¿Cuánto ha costado realmente el Palacio hasta hoy? ¿Cuánto dinero hace falta para terminarlo? ¿En qué estado se encuentra una estructura que lleva décadas esperando? ¿Cuánto costaría equipar un recinto para 1.600 espectadores? ¿Cuál sería su gasto anual de mantenimiento? ¿Existe una programación capaz de sostenerlo? ¿Quién pagaría los posibles déficits? ¿El Ayuntamiento? ¿El Cabildo? ¿El Gobierno de Canarias?
Y existe otra cuestión todavía más importante: resolver el problema del Palacio no significa necesariamente terminar aquel proyecto faraónico tal y como fue concebido hace 26 años.
Quizá haya llegado el momento de abandonar los complejos y estudiar todas las alternativas posibles. Reconversión, reducción, nuevos usos, aprovechamiento parcial o cualquier solución técnicamente viable que permita recuperar ese espacio para la ciudad sin embarcar nuevamente a Telde en una aventura económica de consecuencias imprevisibles.
Telde tiene suficientes necesidades como para volver a caer en la política de las grandes obras y las grandes fotografías. Necesita servicios públicos que funcionen, espacios urbanos cuidados, seguridad, limpieza, infraestructuras, actividad económica y recuperar un casco que durante demasiado tiempo ha sufrido las consecuencias de decisiones que nunca llegaron a buen puerto y el Palacio de la Cultura forma parte de esa historia.
Por eso resulta demasiado fácil aparecer ahora, 26 años después, hablando de «confianza», «esperanza», «orgullo» y asegurando que algún día podremos decir «lo conseguimos». Antes habrá que explicar qué queremos conseguir, cuánto nos va a costar y quién va a pagarlo.
El verdadero acto de valentía política no consiste necesariamente en resucitar un muerto. Consiste en reconocer que aquel proyecto fracasó, estudiar sin prejuicios qué puede hacerse con lo construido y adoptar la solución que más convenga a la ciudad, aunque no sea la más espectacular ni la que proporcione el mejor titular electoral.







