El municipalismo canario tiene por delante una decisión clave: o se renueva desde dentro, recuperando autonomía, identidad y nuevas voces, o corre el riesgo de convertirse en una prolongación subordinada de estrategias ajenas al municipio
En la política local canaria hay momentos en los que los problemas dejan de ser estrictamente municipales y pasan a explicarse mejor desde dinámicas más amplias. No es una anomalía, es casi una ley no escrita: cuando un proyecto político local se integra en una estructura supramunicipal, gana visibilidad y respaldo, pero también pierde margen de decisión autónoma.
Eso es exactamente lo que hoy está ocurriendo en buena parte del municipalismo canario.
Durante años, muchos partidos locales construyeron su fortaleza desde una lógica muy clara: identidad propia, liderazgo cercano y capacidad para interpretar el pulso real de su municipio. Esa fórmula funcionó. Permitió ganar elecciones, consolidar gobiernos y generar una relación directa entre representantes y vecinos que iba más allá de las siglas.
El problema surge cuando ese municipalismo, en lugar de renovarse desde dentro, empieza a condicionarse desde fuera.
La presión de lo supramunicipal
Proyectos como Primero Canarias nacen con una vocación comprensible: articular un espacio común para fuerzas locales dispersas, competir en un tablero cada vez más complejo y frenar el avance de opciones con mayor implantación insular o autonómica. En abstracto, la idea no es negativa.
Pero en la práctica, esa integración genera tensiones evidentes.
Primero, Canarias no es un bloque homogéneo. Conviven en su interior culturas políticas distintas, trayectorias divergentes y expectativas muy diferentes. Para algunos liderazgos locales consolidados, la integración es una suma; para otros, un riesgo de dilución.
Cuando además se producen alianzas tácticas con fuerzas claramente escoradas a la derecha, la tensión deja de ser sólo organizativa y pasa a ser ideológica. Parte del electorado que se reconocía en un municipalismo transversal o progresista empieza a preguntarse dónde está ahora su espacio.
El problema del relevo que no llega
Los liderazgos largos no son en sí mismos un problema. El problema aparece cuando, tras perder el gobierno, el liderazgo histórico no facilita una transición ordenada, sino que sigue ocupando el espacio político central, dificultando que nuevas figuras construyan su propio relato.
Sin nuevas caras visibles, sin discursos propios de una nueva etapa y sin autonomía real para construir proyecto, los partidos locales corren un riesgo serio: quedarse anclados en la explicación del pasado o reducirse a una mínima expresión testimonial.
Cuando el adversario gobierna sin estridencias
El escenario más peligroso para un partido que ha perdido el gobierno no es un ejecutivo caótico o errático. Es uno que, sin grandes alardes, cumple. En esos casos, la oposición que no se renueva ni redefine su proyecto corre el riesgo de quedarse atrapada en la explicación del pasado, mientras pierde relevancia en el presente.
Coalición Canaria, siempre en el horizonte
Muchas de las decisiones estratégicas actuales no se entienden sin la presión de Coalición Canaria. El problema surge cuando, en el intento de frenarla, algunos proyectos terminan desplazando su propio eje ideológico o diluyendo su identidad.
Una reflexión necesaria
El municipalismo canario tiene por delante una decisión clave: o se renueva desde dentro, recuperando autonomía, identidad y nuevas voces, o corre el riesgo de convertirse en una prolongación subordinada de estrategias ajenas al municipio.
Porque ningún partido local desaparece de golpe: primero deja de renovarse, luego deja de influir y, cuando se da cuenta, ya ha dejado de ser imprescindible para su pueblo.
Manuel Afonso; Colaborador de análisis político







