Lucía Melián ha sido una de las figuras que más ha batallado en Valsequillo contra las «viejas formas» de hacer política, los pactos de despacho y el intercambio de cromos. Ver al grupo de gobierno deshacerse en elogios ante un historial de transfuguismo flagrante debió parecerle un insulto directo a la regeneración democrática que ella defienderia local, bendecido por el aplauso unánime de quienes, en teoría, deberían haber sido sus jueces más severos
La política municipal tiene la asombrosa capacidad de desafiar las leyes de la física y de la lógica más elemental. Lo vivido en el pleno de Valsequillo del pasado viernes, no fue solo la despedida de un concejal; fue una clase magistral de alquimia política, donde el transfugismo más flagrante se transformó, por obra y gracia de la amnesia colectiva, en una hoja de servicios intachable. Gregorio Peñate se marchó de la escena pública no como el tránsfuga que saltó de sigla en sigla para sobrevivir al invierno político, sino como un héroe de la patria local, bendecido por el aplauso unánime de quienes, en teoría, deberían haber sido sus jueces más severos.
El recorrido está ahí, escrito en las hemerotecas y en la memoria de los vecinos, por mucho que el rodillo institucional intente pasarle una capa de pintura blanca. De ASBA al Partido Popular, de vuelta a ASBA bajo el paraguas de Nueva Canarias, y el último brinco hacia Primero Canarias. No estamos ante una evolución ideológica legítima; estamos ante un muestrario completo de chaquetismo.
Sin embargo, lo verdaderamente escandaloso no es la trayectoria del dimisionario. El verdadero teatro del absurdo se escenificó en el arco plenario. Ver a los portavoces y al grupo de gobierno —los mismos que en privado o en campaña se rasgaban las vestiduras hablando de coherencia— competir por ver quién dedicaba el elogio más encendido, produce una profunda vergüenza ajena. Se habló de «entrega sincera», de «responsabilidad» y de «vocación de servicio». Se obviaron los bandazos, las traiciones a las siglas y el mercadeo de actas. En Valsequillo, el villano de la coherencia partidista fue indultado y paseado a hombros como el héroe de la gestión vecinal.
La coherencia frente al compadreo la dió Lucía Melián que ha sido una de las figuras que más ha batallado en Valsequillo contra las «viejas formas» de hacer política, los pactos de despacho y el intercambio de cromos. Ver al grupo de gobierno deshacerse en elogios ante un historial de transfuguismo flagrante debió parecerle un insulto directo a la regeneración democrática que ella defiende.
Para Lucía Melián, ver a sus compañeros competir por ver quién decía la frase más bonita no era cortesía institucional; era la confirmación de que, para el establishment político de Valsequillo, la supervivencia y el pacto de no agresión están siempre por encima de la ética y del respeto a los votantes.
Su incredulidad refleja la frustración de quien asiste a una función de circo donde todos los actores han acordado aplaudir al trapecista que se ha cambiado de bando tres veces, mientras ella se niega a participar en la farsa. Maribel Castro







