«Lo escribo desde la rabia serena de quien le dio su voto. Como votante suyo, siento impotencia al comprobar que gran parte de lo anunciado en campaña se ha quedado en titulares, no en resultados. Y cuando lo prometido era precisamente atender lo cotidiano —lo que se pisa, lo que se limpia, lo que se vigila— el fracaso no es técnico: es político»

Hay decepciones que no se ven en las encuestas, pero se sienten en cada esquina. La gestión del actual alcalde de Telde deja un regusto difícil de disimular: el de la promesa incumplida y la ciudad que sigue esperando lo básico. Uno puede entender que gobernar no es sencillo, pero también sabe reconocer cuándo falta dirección, prioridades y presencia real en el día a día.

Lo escribo desde la rabia serena de quien le dio su voto. Como votante suyo, siento impotencia al comprobar que gran parte de lo anunciado en campaña se ha quedado en titulares, no en resultados. Y cuando lo prometido era precisamente atender lo cotidiano —lo que se pisa, lo que se limpia, lo que se vigila— el fracaso no es técnico: es político.

Basta con mirar el estado de muchas calles para entender el enfado. Barrios como La Herradura llevan demasiado tiempo soportando un asfaltado deteriorado, baches y un mantenimiento que parece llegar siempre tarde. Esto no es estética: es seguridad vial, accesibilidad para mayores y familias, y respeto por quienes viven allí todo el año, no solo cuando toca hacerse la foto. A esa sensación de abandono se suma otra: la falta de presencia policial en la calle.

Telde no puede resignarse a ser una “ciudad dormitorio”, un lugar donde se entra y se sale sin vida ni vigilancia suficiente. Una ciudad se sostiene con servicios visibles, con prevención y con capacidad de respuesta; cuando eso falla, crece la desconfianza y la gente siente que camina sola.

He cometido errores en mi vida, como cualquiera. Pero votar pensando que habría un cambio tangible y descubrir que la ciudad sigue atascada en lo elemental es un error que pesa. Por eso, este año, el mensaje simbólico es claro: si no hay gestión, no hay premio; si no hay resultados, llega el carbón. Y no el carbón de la broma, sino el amargo: el que representa la frustración de quienes creyeron y hoy solo ven demoras, excusas y barrios que continúan esperando lo mínimo.

Enoc Santana, vecino de Telde