Resulta fascinante, desde un punto de vista de análisis político, que un partido con un alcalde y secuaces que llevaban 14 años en el poder para ejecutar mejoras, ahora consideren que unos pocos meses de un nuevo gobierno son suficientes para resolverlo todo. Esta falsa urgencia solo busca generar una sensación de caos que no se corresponde con la realidad, sino con su necesidad de volver al poder
Cuando un grupo que ha gobernado durante mucho tiempo (como ha sido el caso de ASBA) es desplazado por una moción de censura, suele ocurrir un fenómeno de «desconexión democrática». Se activa el síndrome del «Gobierno en el exilio», ya que tanto ASBA como Coalición Canaria parecen estar operando bajo la premisa de que su salida fue un accidente histórico y no una consecuencia de los mecanismos legítimos de la democracia.
Lo que está sucediendo en Valsequillo es una radiografía muy cruda, pero muy común, de lo que sucede cuando se confunde el poder con la propiedad y en vez de aceptar el juego democrático hablan de “traición” o del “robo de la alcaldía”.
Es más que evidente que se está produciendo una paradoja de gestión, donde la oposición ahora exige soluciones mágicas para problemas que ellos mismos no supieron (o no quisieron) resolver cuando tenían los recursos y la gobernanza.
Dentro de su soberbia, al parecer, tienen una amnesia selectiva, actuando ajenos a la realidad pretendiendo borrar su historial de gestión:
-Reclaman inversiones que ellos dejaron pasar.
-Critican retrasos en obras que ellos mismos dejaron empantanadas.
-Exigen una eficiencia que su propia herencia desmiente.
El hecho es que parece que se encuentran ensimismados en una reacción desmedida ante su ego herido, donde su discurso no va dirigido al vecino sino a reivindicarse a sí mismos. No están haciendo política para Valsequillo; están haciendo política para sanar la herida de la moción de censura. Esto los convierte en una oposición «hacia adentro», que solo se escucha a sí misma y a su núcleo duro.
El comportamiento de ASBA, en las figuras de Francisco Atta o de Natalia Ramírez, parece seguir un patrón de «tierra quemada» emocional, donde no se acepta el relevo y se utiliza la fiscalización no para construir, sino para intentar tapar las vergüenzas del pasado. Y está claro que para fiscalizar con rigor, primero hay que tener autoridad moral y no actuar desde la pataleta o la frustración, puesto que en nada benefician con estas actitudes a los vecinos y vecinas.
Resulta fascinante, desde un punto de vista de análisis político, que un partido con un alcalde y secuaces que llevaban 14 años en el poder para ejecutar mejoras, ahora consideren que unos pocos meses de un nuevo gobierno son suficientes para resolverlo todo. Esta falsa urgencia solo busca generar una sensación de caos que no se corresponde con la realidad, sino con su necesidad de volver al poder.
Está claro que Asba, desde la oposición, está totalmente desnortado y en la rueda de prensa del pasado jueves el alcalde, Juan Carlos Hernández Atta, lo dejó bastante claro, “la oposición tiene que hacer un trabajo que es necesario en la fiscalización del grupo de gobierno, pero en la situación actual tiene que decidir si van a sumar o restar o si van construir o les puede la rabia. Desde la oposición los miembros del nuevo grupo de gobierno siempre hacían propuestas y apoyaban todo lo que era beneficioso para el pueblo, a pesar de la falta de transparencia de los antiguos gobernantes que entregaban la documentación que se les requería, fuera de plazo, tarde o nunca. En la actualidad los integrantes de la oposición tienen acceso inmediato a decretos, contratación, libro de juntas de gobierno, lo que según el alcalde es una apuesta por la transparencia, la democracia y la información a los vecinos”.
Las declaraciones del alcalde Juan Carlos Hernández Atta ponen el dedo en la llaga de una diferencia abismal entre dos formas de entender el servicio público: la transparencia como herramienta democrática frente al oscurantismo como herramienta de control.
Lo que describe el alcalde no es solo un cambio de nombres en el despacho, sino un cambio de paradigma en el Ayuntamiento de Valsequillo. Se genera un boomerang con la transparencia, donde lo más irónico de esta situación es que, al tener acceso total a la información, la oposición se enfrenta a su propio pasado. Cada decreto o contrato que revisan hoy les recuerda lo que ellos no hicieron o gestionaron mal durante 14 años. Su «rabia» nace, probablemente, de ver cómo el nuevo grupo de gobierno está haciendo luz en rincones que ellos prefirieron mantener a oscuras.
La pelota está ahora en el tejado de ASBA: ¿Van a aprovechar esa transparencia para hacer una oposición digna o van a seguir sumidos en ese «limbo de soberbia» del que habla el titular?
Juan Antonio Ojeda Muñoz







