Los ciudadanos saben desde hace tiempo que este gobierno ha jugado el partido sin banquillo, o lo que es lo mismo , con asesores que no han aportado nada

 Claudio Ojeda, asesor del Alcalde de Telde, ha sido el primero- no será el último- en sacar la patita porque ya se acerca el final de la mamandurria y es normal hacer balance. Lo que no es tan normal — es querer echar la culpa de la inacción de la gestión a una simple acumulación de dificultades administrativas. Esto es el resultado directo de una estructura política inflada con asesores que, lejos de aportar soluciones, han demostrado ser completamente prescindibles.

Resulta especialmente preocupante que, en lugar de asumir responsabilidades, se opte por construir un relato que diluya los errores y reparta culpas en factores externos. Esa estrategia no solo es insuficiente, sino que erosiona la confianza en las instituciones.

El propio reconocimiento de que la legislatura “está llegando a su última etapa”, expresado por Claudio Ojeda, no es más que un balance complaciente. Porque prácticamente a final de mandato los problemas siguen exactamente donde estaban al principio, y no estamos ante obstáculos sobrevenidos, sino ante una gestión fallida.

Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿para qué sirven los asesores? No son cargos decorativos. Se les paga —y muy bien— para anticipar problemas, desbloquear expedientes y aportar criterio político y técnico. Sin embargo, la realidad es otra: silencio, falta de resultados y una evidente desconexión con las necesidades reales de la ciudad.

El propio reconocimiento de dificultades internas, como la falta de personal o los cuellos de botella administrativos, debería haber sido precisamente el campo de actuación de estos cargos de confianza. Pero si al final del mandato seguimos hablando de los mismos obstáculos, es que alguien no ha hecho su trabajo.

Telde no necesita más diagnósticos en abril de 2026. Necesita gestión. Necesita eficacia. Y, sobre todo, necesita que quienes ocupan puestos de responsabilidad —electos o designados— estén a la altura.

Porque en política, como en el fútbol, el tiempo de descuento no está para justificar lo que no se hizo, sino para demostrar que aún queda algo de juego. Y en este caso, la sensación es que el partido lleva tiempo perdido. MC